Viva México

Un voluntariado te cambia la vida

¿No les ha pasado que no saben qué está pasando con el mundo, pero saben que tienen que hacer algo? ¿Que no se pueden quedar ahí solo mirando que pasa? Bueno, esa era yo hace ya muchos meses, y sin planearlo ni pensarlo, me topé con un pequeño stand de AIESEC en Mérida sin saber que en ese momento mi vida estaba por cambiar.

Mi aventura empezó en la Ciudad de México esperando nerviosa a que el altavoz sonara: «pasajeros con vuelo a Córdoba, Argentina». Estaba tan ansiosa que no alcanzan las palabras para describir lo que estaba sintiendo en ese momento, ahí iba a la deriva saliendo de mi zona de confort sin imaginarme que el cambio más grande de mi vida estaba a punto de ocurrir.

Llegué a una ciudad donde no conocía a nadie, donde la temperatura era de 10º C y en espera de personas que solo había conocido por internet, pero que ya se habían ganado una parte de mi corazón.

Llegué a Córdoba sin esperar nada, llegué con el deseo de empezar hacer un cambio, quería lograr un impacto en aquellos niños que aún ni siquiera conocía.

La primera semana eran muchas cosas por procesar: Una nueva ciudad, nueva comida, nuevas personas y no sabía si lograría adaptarme.

Conocer a los niños fue una experiencia increíble, aprenderme el nombre de cuarenta bebés que se robaron mi corazón a los pocos minutos de conocerlos; adaptarme a ellos fue cuestión de minutos. Fue totalmente nuevo para mí que me llenaran de mocos, me jalaran el cabello, que me escupieran la comida, fue todo un proceso acostumbrarme incluso a que me gritaran. Me asombraba la dedicación que le ponían Solange y Cintia a su trabajo, se merecían todos los premios del mundo: madres, maestras, amas de casa y trabajos extra y aun así trabajaban con tanto amor.

No te imaginas cuanto pueden transformar en ti esos pequeños seres humanos, fue duro cómo al principio los niños no dejaban que los abrazaras, cómo te tenían miedo, eras un completo extraño y un niño de dos o tres años, que ni siquiera era capaz de decir bien su nombre, menos iba a poder decir el tuyo. Niños que a veces no les daban de comer en su casa y llegaban hambrientos de las manos de sus mamás, algunas menores que yo.


Fue duro, o mejor dicho, sigue siendo duro; pero hubo algo que me mantuvo siempre motivada y eso fue el hecho de que entendí que es lo que estaba haciendo y el que yo estuviera ahí tenía un gran propósito. Yo tenía la idea de que lo que necesitaban esos niños era educación, aprender cosas nuevas como los colores, las frutas, entre otras cosas básicas que supones que los niños que entrarán al kínder tienen que saber, pero en realidad ellos no necesitaban nada de eso: Ellos necesitaban amor, si así de simple. Ellos necesitaban de alguien que les demostrara cariño de diferentes formas: con un abrazo, jugando con ellos, alguien que les enseñara a compartir y dejar de tener miedo.

Mi compañera y yo decidimos que esa sería nuestra meta, que después de seis semanas esos niños serían más felices y se iban a sentir queridos, por lo tanto, nuestro deber no era ser maestras, era ser como hermanas para ellos.

A demás de estar enamorada de mi proyecto, estaba enamorada de la ciudad, ¡Córdoba que bella es! La comida, cómo olvidar el sabor de las empanadas, las pastas, los cortes de carne, los chocolates y los deliciosos alfajores (un postre típico de ahí); las calles tan llenas de historia, adornadas de tantos recuerdos y una arquitectura irrepetible; los parques llenos de gente bebiendo mate (un té típico de ahí que jamás imagine extrañar tanto), platicando como si la tecnología no existiera, los niños corriendo por los parques mientras cantaban canciones que no entendía, tantos universitarios con una voz y actitud tan vibrante; la música, el clásico flamenco, unas cumbias extrañas que aprendí a bailar con el tiempo y personas de todas las edades bailando en la plaza; las personas pertenecientes a AIESEC que me hicieron amar cada minuto de mi voluntariado, que me enseñaron a ser una mejor persona, un líder, y todo eso sin que yo me diera cuenta de lo que estaba pasando, hasta el final, cuando noté todo lo que había cambiado y aprendido.


Regresar a casa, otra vez empezar una rutina, cambio de horario, la comida de siempre después de cincuenta días compartiendo todo y cuando digo todo, es literalmente todo, con personas que jamás en tmi vida había visto, es algo muy difícil. Cada uno de los días que viví en Córdoba me enseñó algo; aprendí tantas cosas y viví experiencias muy intensas que me hicieron crecer como persona. Conocí a personas increíbles, cada una de ellas verdaderamente única, aprendí a querer los defectos de cada una y apreciar sus virtudes. Aprendí a ser más paciente y tolerante; aprendí a ser fuerte, valiente; me pude reencontrar con aquella persona que creí perdida.

Trabajar con los niños, aunque fuera por poco tiempo me dejó marcada de por vida, la forma en la que te agradecen, sus sonrisas, sus abrazos son algo que llevaré en mi corazón por siempre, es tan difícil saber que no los volverás a ver.

Nada volverá a ser igual después de esta experiencia, después de reírme tanto, de frustrarme, de sufrir, de bailar, de morir de frío.

Agradezco a cada una de las personas que me acompañó e hizo posible que yo viviera un viaje inigualable, no éramos compañeros o simples amigos, ahí nos volvimos una familia y crecimos juntos. Los llevareé siempre, siempre en mi corazón y los recordaré con mucho cariño; de verdad gracias por tanto. Uno va creyendo que va a cambiar la vida de alguien, pero lo que no sabe es que ¡son ellos los que te cambian la vida!

By Nery from San Francisco, Campeche, Mexico.

 

Cecilia Cuautle

Cecilia Cuautle

Chief Editor at AIESEC en México
Soy periodista, me considero dreamer y maker. Amo viajar y conocer personas, me encanta probar cosas distintas, hacen la vida interesante.
Amo escribir y disfruto demasiado leer.
Cecilia Cuautle

Latest posts by Cecilia Cuautle (see all)

Mira lo que hacemos...

Facebook By Weblizar Powered By Weblizar

Síguenos

Conoce más acerca de México y AIESEC.